EL MOVIMIENTO SE DEMUESTRA...DONANDO
Este trabajo fue galardonado, por la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía, con uno de los premios de periodismo “Luís Portero” del año 2006. En él plasmo, en primera persona, mi propia experiencia como donante hepático vivo. Fue el primer trasplante de hígado intervivo en Andalucía.
El pasado 26 de octubre (2006) se celebró el Día Internacional de las Donaciones de Órgano. Nadie debería quedar al margen, a nadie le debería ser indiferente esta fecha. Es una jornada que no ha de quedar solo y exclusivamente como una efeméride más de las muchas que se producen a lo largo del año simplemente para ser mencionada en algunos medios de comunicación de manera baladí, únicamente con el fin de llenar espacios en sus respectivas sesiones, como moda impuesta en los últimos tiempos a cerca de el “día de…” sino no que nos debe servir para hacernos reflexionar seriamente a todo sobre la tremenda importancia que tiene, ser donante de órganos.
Egoístamente, los que tenemos la fortuna, inmensa fortuna, de estar sanos, nos creemos que eso de las donaciones no va con nosotros porque no nos hace falta. No hay nada más erróneo, ¡que tremendo despropósito! Nuestra salud, o la de un familiar muy próximo y querido, pende de un hilo, Si hoy gozamos de buena salubridad, mañana mismo podemos amanecer con un serio problema cuya única solución, posiblemente sea un trasplante. Entonces, sí que nos sensibilizaríamos con el asunto, y de que manera. Es cuando le encontraríamos sentido a las donaciones, cuando le prestaríamos el máximo de atención, cuando nuestra vida depende de un injerto, cuando necesitamos de manera urgente un órgano. Por eso, todo tendríamos que tener el discernimiento necesario para dar ese paso, con el cual se le proporcionará a muchos pacientes, que impacientemente esperan ese órgano, pasar de la desesperanza, a la esperanza de alcanzar un rayo de vida.
Aunque sí es cierto que cada vez nos vamos sensibilizando más con las donaciones, porque los andaluces somos gente solidarias y generosas, pero esa sensibilización hay que hacerla patente, materializarla, tomar la decisión de hacernos donante, un gesto, una acción con la que demostremos y nos demostremos asimos que somos capaces de ello, porque el movimiento se demuestra…donando Pero con todo, es encomiable y hermoso la respuesta que la sociedad andaluza ha dado, y está dando, a la donación de órganos. Porque por una parte, aumenta de forma considerable el número de personas que manifiestan su deseo de dadivar partes de su cuerpo para cuando éste deje de tener vida y así salvar a otras. Y por otro lado, cada vez son más los familiares de personas que pierden a sus seres queridos en un accidente o en cualquier otra circunstancia de manera repentina, los que se inclinan por autorizar la donación de sus órganos.
Éste que suscribe, y toda la familia, lo tienen donado absolutamente todo y este escrito así lo corrobora y reafirma públicamente. La gran labor que hace la propia Consejería de Salud de la Junta de Andalucía y principalmente los profesionales de sus hospitales públicos, además de los colectivos de enfermos y familiares de éstos, sin olvidarnos, claro está, del importante y determinante papel que los medios de comunicación ejercen a la hora de concienciar a la sociedad en general, ha sido determinante para que nuestra comunidad sea una de las regiones españolas, y del resto del mundo, con un mayor índice de aprobación a las donaciones de órganos. Una cuestión de la que todos los andaluces nos tenemos que sentir muy orgullosos.
Pero aún así, siguen haciendo falta más y más donantes porque en los hospitales andaluces y del resto de España aguarda una larga lista de espera de pacientes que, hoy por hoy, sufren su dolor, y junto a ellos sus familiares apenados, aguardando con angustia muy pendiente de ese teléfono que les anuncie la aparición de ese órgano tan anhelado capaz de reavivarles esa llama de la vida que día a día se les van apagando irremediablemente, mientras sus seres queridos contemplan y participan de ese sufrimiento llenos de congoja, de dolor, tristeza…de impotencia. Sé lo que es padecer ese suplico, porque lo he vivido.
Mi hermana Inmaculada, gravemente afectada de una dolencia hepática irreversible, a consecuencia de una larga enfermedad denominada Síndrome de Wilson, necesitaba un órgano que sustituyera al suyo, tan deteriorado que era prácticamente inservible. Dañado y dañada de muerte. Tras casi dos años de una angustiosa espera aguardando ese hígado que nunca llegó, finalmente se debatía en la cama del hospital Reina Sofía de Córdoba contando sus días sin esperanza de vida.
Casi dos años en el que la desesperación y la desesperanza formaban una sinergia tritícea y lúgubre muy difícil de superar. Y en medio de esa angustiosa impotencia, a fin de superarla, surgió la idea, la gran idea: un trasplante de hígado de donante vivo, a propuesta de la propia persona que se ofreció a dar la mitad de su hígado, lógicamente, en vida. En principio, todos la vieron como una locura, una temeridad, un disparate porque para ello había que exponer a esa persona a un peligro en interés de tal propósito. Pero sin embargo, el equipo medico de ese centro hospitalario, que trataban a mi hermana, celebraron y mostraron su total conformidad con esa decisión, ya que no quedaba otra alternativa. Luego, todos se convencieron. Y los facultativos, aunque no ocultaron en ningún momento la dificultad burocrática-legal para llevar a cabo esa doble y delicada intervención quirúrgica, sí se manifestaron totalmente partidarios y decididos a emprenderla ante la precaria situación de inmaculada, cuya vida, sujetas por unas frágiles pinzas, se iba extinguiendo irremediablemente a paso agigantado.
Fue admirable el tremendo grado de interés, de predisposición y de ahínco para, realizar ese transplante de intervivo, por parte de todo el personal sanitario (incluido médicos, enfermeras, auxiliares…) de la unidad de trasplante hepáticos del Reina Sofía. Cuando se planteó la posibilidad de llevar a cabo ese tipo de operación, el hospital no contaba con la correspondiente autorización por parte de la Junta de Andalucía para realizarlo. Aunque sí lo tenían solicitado desde hacía bastante tiempo. Pero los médicos mostraron y demostraron su lado más humano y sensible con el asunto. Y para ganar ese preciado tiempo del que Inmaculada no podía perder ni un solo segundo, mientras esa ansiada autorización llegaba, decidieron iniciar el largo y meticuloso proceso de pruebas medicas al donante para garantizar la máxima de garantía de éxito. Porque, como ya he dicho, había un donante capaz de dar ese paso con el que salvar una vida, el mismo, además, que movió todo los hilos, y hizo todo lo habido y por haber, para que se realizara esa intervención. Y en pleno proceso de los exámenes médico previo a la operación, ya apunto de finalizar, se producía el milagro: la Junta de Andalucía, consciente de la situación y conocedora del caso, aprobaba esa intervención quirúrgica tan esperada por todos, con su corrspondiente protocolo médico.
Ese donante era yo. El ánimo y el apoyo siempre calido de mis hijos hermanos, mis cuñados, mis primos, mis amigos, mis compañeros de trabajo, de la radio, del periódico, mis vecinos, ciudadanos en general… en fin, de todos, fueron trascendentales. Pero la aprobación y conformidad, además del constante aliento, que en todo momento mostró mi esposa con esta decisión me animaba a seguir hacia delante con ilusión y con tremendas ganas. Porque la de ella no era una situación fácil con este tema: se debatía entre su marido y padre de sus hijos y su cuñada.
Tras un largo proceso de estudios con infinidad de pruebas médicas bastante exhaustivas a las que tuve que ser sometido durante mas de cuatro meses, se llevaba a cabo el 27 de junio de 2002, la doble intervención quirúrgica en el hospital Reina Sofía de Córdoba en la que tomaban parte mas de cincuenta profesionales dirigidos magistralmente por el profesor Pera en los dos quirófanos dispuestos a tal efecto. Una operación que duró más de 12 horas. Para, primero, extirpar la mitad del lóbulo derecho de mi hígado y luego serle injertado a mi hermana. Un trozo de mi órgano que le salvaría la vida, poniendo así fin a esos casi dos años de angustia, de dolor, de padecimiento, de impotencia, de sufrimiento... Ya lo necesitaba urgentemente, era cuestión de vida o muerte. El suyo no aguantaba más. Ni yo. Por eso quise poner fin a ese martirio con mi decisión, de la que nunca me alegraré lo bastante y de la que me siento muy orgulloso, porque con ese paso, a parte de haberle salvado la vida a mi hermana, conseguimos abrir una puerta a la esperanza, a la alegría… a la vida de muchas personas que sufren lo insufrible en la cama de un hospital, a la espera de ese hígado que en algunos casos, tristemente, perecen en esa espera. Porque gracias a aquella fecha del 27 de junio del 2002, y a partir de la misma, que pasará a los anales de la historia de la medicina en Andalucía, el trasplante de hígado procedente de un donante vivo se puede practicar, y de hecho se realiza (desde entonces, hasta la fecha, se han hecho varios), en nuestra tierra con las máximas garantía de éxito.
Se llevaba a cabo en Andalucía el primer trasplante de hígado de intervivo. Hoy, afortunadamente, Inmaculada se encuentra muy bien, ha recuperado toda su vitalidad, su vigor, sus fuerzas. Está repleta de alegría, de ilusión, de energía...de vida. Una vida nueva que ahora puede disfrutar segundo a segundo junto a su madre, nuestra querida madre, que no se retiró de ella, en sus peores momentos, ni un instante, excepto durante esas casi trece horas de operación en las que no se puede describir con palabras el sufrimiento y la angustia que durante ese tiempo le embargó: sus dos hijos estaban en los quirófanos consciente del peligro que ambos corrían.
He de decir que me siento muy orgulloso de la sanidad pública andaluza en general que tenemos la fortuna de poseer, en todos los sentidos. Y especialmente ese hospital Reina Sofía de Córdoba que con su unidad de trasplantes hepáticos se sitúa, por derecho propio, entre uno de los más importantes de Europa. La dilatada experiencia en este campo de su irreprochable equipo humano compuesto por un elenco de auténticos profesionales de la medicina, hicieron que esta pionera intervención quirúrgica saliera, como afortunadamente salió, a las mil maravillas. Todo fue extremadamente perfecto.
Por eso, en este Día del Donante quiero volver a recordar, con esta humilde historia humana, que por un trozo de hígado se puede salvar una vida. Porque al donante no le pasa absolutamente nada. Ya ven, aquí estoy, vivo y sano, mas que sano, sanísimo y tan a gusto. Sí, me encuentro realmente bien, también como antes de la operación, bueno, ¿que digo?, no, mucho, muchísimo mejor que antes y no hace falta decir porqué. Así que con este modesto y, porque no decirlo, aleccionador texto, me gustaría dar, primero, un mensaje de esperanza para esas personas que esperan ser trasplantados y segundo, animar a los familiares a que den ese paso decisivo para donar en vida, como fue en mi caso, un trozo de su hígado para que ese familiar que aguarda ansiada y deseosamente tan preciado órgano pueda seguir viviendo. ¿Habrá cosa más hermosa? No siempre se tiene la posibilidad de poder salvar una vida. Ésta es una gran ocasión para ello. Tu gran oportunidad de hacer vivir a alguien.
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