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POR LA IGUALDAD Y LA SOLIDARIDAD

LOS SONIDOS DEL DOLOR

Ya hace cuatro años.  Fue en Madrid, una mañana fría de un 11 de marzo, tímidamente clara casi al despuntar el día, de un día cualquiera, que muchos jóvenes estudiantes y trabajadores que viajaban en ese tren funesto que les llevaría a sus centros de estudios y a sus respectivos trabajos, nunca verían su total amanecer. Ninguno se imaginaba que iban tomar el tren del óbito en donde harían su último viaje en dirección a la muerte. Chavales jóvenes, enamorados, llenos de ilusiones, de ideas, de proyectos... de vida. Obreros dispuestos a comenzar una nueva jornada en sus respectivos tajos de la capital de España como otras tantas, con anhelo, con la ensoñación de realizar esas vacaciones con su familia en su tiempo de asueto correspondiente o hacer realidad esos propósitos al que aspira cualquier trabajador honrado solo con el esfuerzo de su trabajo diario. Pero unas malditas bombas asesinas, crueles, que irrumpieron de repente en ese jueves pálido crepuscular sin que nadie las esperara con un terrorífico estruendo, truncaron para siempre todos los sueños de esas personas sencillas. Ellos pasaron de repente del ruido a la sordina para terminar finalmente en el silencio eterno.
Los estrepitosos zumbidos de las explosiones dieron paso a los sonidos de los timbres de los móviles, entre mezclados con los sollozos del sonido del dolor de los heridos. Una sonoridad aterradora. Teléfonos sonando de personas angustiadas que llamaban una y mil veces para saber de los suyos. Eran sus padres, sus hijos, sus esposas, sus esposos, sus novias, sus novios, sus amigos....Llamadas perdidas, con respuestas tardía de personas ajenas, pero fatales.
En aquel día fatídico, cada vez que sonaba el timbre de mi móvil, un escalofrío recorría mi cuerpo y un nudo en la garganta me hacía imposible articular palabra a través de ese aparato. Porque no podía evitar pensar que a ese tiempo ese mismo sonido reventaba el alma de esos seres indefensos e inocentes que yacían moribundos sobre las piedras cálidas ensangrentadas de aquellos raíles fríos en ese tímido amanecer de un Madrid herido de muerte. ¡Cuánto dolor, cuanta pena, cuanta impotencia, cuanta rabia, cuanta desolación, cuanto sufrimiento...! Y cuanto me habría gustado que todo hubiese sido una pesadilla y haber salido de ese amargo letargo, pero el sonido de las bombas, los móviles y los lamentos de los heridos no dejaban ni tan siquiera coger el sueño. Son los muchos y muchos familiares y amigos de esas victimas del dolor y la barbarie los que fueron golpeados con la mano cruel y despiadada de la realidad tristemente consumada que se despidieron de ellos unas horas antes sin aparentar la proximidad de su irremediable encuentro con la eternidad, los que sufrieron su perdida pero también, junto a ellos, millones de españoles que lloramos  con rabia y dolor su tragedia, nuestra tragedia. Nos asesinaron a ciento noventa y dos personas pero todavía quedábamos muchos millones más que estuvimos y  estaremos ahí, recordando siempre a esas victimas inocentes, repudiando con desprecio las acciones repúgnate de unos seres que no merecen el calificativo de humanos.
Nunca, por muchos años que pasen,  olvidaremos a esas personas porque sus pérdidas nos sirvieron para estar más unidos que nunca y luchar todos juntos contra esos mal nacidos con las armas de las que disponen todo hombre de bien y no con las que utilizan esos cobardes. Esas muertes además nos hicieron amar aún más, si cabe, la paz y para convencernos que España es un pueblo muy solidario y unido, como así quedó  patente. Primero con esas muestras de solidaridad y apoyo que en todo momento demostraron en esos días trágicos y después con esa respuesta masiva que todos los españoles tuvimos el domingo siguiente a esa barbarie inhumana en aquella  cita electoral, como la que hemos celebrado cuatro año más tarde, como homenaje a los fallecidos y en solidaridad con sus familiares, cuyos resultados salidos de esas urnas dilucidaron  muchas cosas.
En aquellos días triste y de tanto dolor que se cuestionaba sobre la autoría de la masacre, a mi me daba absolutamente igual que esa panda de repugnantes asesinos fueran afines a la chapela o que llevaran turbantes. Tanto hubieran sido unos como otros en definitiva eran un grupo de criminales.
Con este modesto artículo  de recuerdo solo he querido tener una muestra de respeto y veneración hacia esas victimas de la cobardía asesina en el cuarto aniversario. Un pequeño homenaje. No he querido, ni quiero, entrar ni mezclar consideraciones o análisis político-ideológico o religiosas. Solo me pregunto, ¿por qué de esa barbarie? Aunque esa respuesta está en la mente de todos. Por eso es una de las cosas por lo que las urnas pasaron factura aquel día catorce.

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